Cuando la reforma de pensiones iniciada en 2021 derogó el factor de sostenibilidad, dejó un hueco: ¿con qué se reforzaban los ingresos del sistema justo cuando empezaba a jubilarse la generación del baby boom? La respuesta fue el Mecanismo de Equidad Intergeneracional (MEI), una cotización adicional y finalista desarrollada por normativa posterior, pensada para soportar precisamente ese periodo de mayor presión demográfica.
Lo que distingue al MEI de una cotización ordinaria es su destino. La recaudación no se mezcla con el resto: va de forma específica y separada al Fondo de Reserva de la Seguridad Social, la conocida "hucha de las pensiones". Se calcula sobre la base de cotización por contingencias comunes y alcanza tanto al Régimen General como al RETA. En el Régimen General una parte la asume la empresa y otra el trabajador; en el RETA, el autónomo carga con la cuota íntegra.
El porcentaje no es fijo. Sigue un calendario progresivo fijado por la norma, de modo que el tipo aumenta cada año hasta llegar a su nivel máximo y mantenerse durante el periodo previsto. Esa subida escalonada conviene tenerla presente al estimar el coste de cotización a medio plazo.
El mecanismo no actúa solo: se acompaña de otras medidas de la misma reforma, como la cuota de solidaridad sobre los salarios altos y el aumento progresivo de la base máxima de cotización por encima del tope de la pensión máxima. La AIReF y el Banco de España han evaluado su impacto esperado en la sostenibilidad del sistema, tanto en ingresos como en equilibrio actuarial. Los tipos exactos vigentes cada año figuran en la Ley General de la Seguridad Social y en la Orden anual de cotización.