Cada 1 de enero las pensiones públicas se actualizan: eso es la revalorización anual, el mecanismo que busca proteger el poder adquisitivo de los pensionistas frente a la inflación.
La regla principal cambió con la reforma aprobada en 2021 y consolidada con normativa posterior. Desde entonces, la subida se vincula al IPC interanual medio del periodo que va de diciembre a noviembre del año anterior. Hay un suelo importante: si el IPC sale negativo, las pensiones no bajan, se mantienen igual. Las mínimas y las no contributivas pueden seguir reglas adicionales, con incrementos diferenciados respecto al IPC general.
Cómo se aplica cada año
La cifra se concreta en un Real Decreto y, por lo común, en la Ley de Presupuestos Generales del Estado. Para 2026, el Real Decreto 39/2026, de 21 de enero, fija la subida general de las pensiones contributivas en el 2,7 %. Las mínimas y las no contributivas suben más: las mínimas con cónyuge a cargo y las viudedades con cargas familiares se incrementan un 11,4 %, las no contributivas y el Ingreso Mínimo Vital también un 11,4 %, y el resto de mínimas se mueve entre el 7 % y ese mismo techo del 11,4 %.
No siempre fue así. Durante varios años rigió el Índice de Revalorización de las Pensiones (IRP), introducido en 2013, que garantizaba subidas mínimas del 0,25 % al margen de la inflación. Esa fórmula erosionó el poder adquisitivo en periodos de precios al alza y acabó derogada con la última reforma.
Un matiz final: la revalorización opera sobre el importe bruto. La pensión neta puede variar de forma distinta si cambian las retenciones de IRPF u otros descuentos.